Misurina única hija del rey Sorapis, dueño de las tierras que se extendían desde las Tofane hasta las tres cimas de Lavaredo (¡para la época era mucho!), era una niña mimada y egoísta, una mezcla de caprichos, belleza y travesuras, pero a pesar de su carácter despótico, para su padre era su única razón de vida, ya que quedó viudo poco después de su nacimiento.
Protegida por su padre, Misurina creció cada vez más arrogante y altiva.
Al cumplir los ocho años, la princesa descubrió que cerca del monte Cristallo vivía un hada muy poderosa, que poseía un espejo mágico capaz de leer la mente de quien se reflejara en él.
No hace falta decir que Misurina comenzó a atosigar a los ‘cocones’ de su padre tanto y durante tanto tiempo que, el pobre rey, tuvo que acceder a la petición de su hija: poseer ese espejo mágico.
Algunas fuentes dicen que el padre intentó por todos los medios disuadirla, probó con la casa de Barbie, sí, ya existían las Barbies, con un pony, animal que todas las niñas desean (¡no lo neguéis!), pero sin éxito.
Cansado y agotado por la insistencia de su hija, el rey cedió a su voluntad y la acompañó a encontrarse con el hada.
Caminaron bastante por los bosques encantados del monte Cristallo hasta que lograron encontrar a la dueña del espejo mágico.
Las negociaciones se alargaron, el hada, viendo el carácter arrogante de la niña, no tenía ninguna intención de regalarle su objeto mágico, pero ante las lágrimas suplicantes del gran rey Sorapis tuvo que ceder, aunque imponiendo algunas condiciones.
El hada poseía un inmenso jardín lleno de flores hermosas, que se marchitaban rápidamente al estar siempre expuestas a los fuertes rayos del sol (¿sí, el sol o el pulgar negro? Quién sabe) por lo que, a cambio del espejo, pidió, donde aún hoy se pueden vislumbrar los magníficos reflejos, mientras que los más grandes quedaron en el jardín encantado dando origen al lago del Sorapis en memoria del gran rey.
